Lunes. 09:00. Manolo entra con cara de mal fin de semana.
—Jose, ¿viste lo de Topuria?
—Lo vi.
—Perdió. Y lo paró su hermano. ¿Te lo puedes creer?
—Manolo, esa es la mejor parte de toda la noche.
Me mira sorprendido.
—Ilia quería seguir. Sin ver por un ojo, fundido, de pie a duras penas, quería seguir. El instinto del campeón es siempre "más". Y cuando el campeón ya no puede ver, alguien tiene que ver por él. Y ese alguien estaba ahí. Se atrevió. Le paró. Eso no es derrota, Manolo. Es el sistema funcionando.
—Pero él quería seguir.
—Manolo, los grandes líderes no son los que nunca caen. Son los que han construido a su alrededor gente que les dice la verdad cuando ellos no pueden verla. A veces literalmente.
Silencio.
—Y por eso, Manolo, esa pelea es una radiografía de tu equipo. Tu equipo es tu esquina. Y la pregunta que tienes que hacerte hoy es muy concreta: si tú estuvieras sangrando, fundido, sin ver por un ojo, ¿alguien en tu esquina tendría el coraje de pararte?
—Yo siempre escucho.
—No te he preguntado eso. Te he preguntado si alguien tendría el coraje de pararte.
—Es que yo no me ciego.
—Manolo, esa frase es exactamente la que dice todo el mundo justo antes de cegarse. El que está ciego siempre cree que ve.
—Tengo asesores.
—¿Asesores o aplaudidores?
—Asesores.
—Prueba del nueve. Tres preguntas. Una. ¿Cuándo fue la última vez que alguien de tu equipo te paró una decisión que ya habías tomado?
Silencio.
—No me acuerdo.
—Dos. ¿Cuándo fue la última vez que entraste a una reunión convencido de algo y saliste convencido de lo contrario?
—Hace un par de años, igual.
—Tres. ¿Cuántos miembros de tu equipo te han contradicho en público este año?
—Ninguno.
—Bingo. Manolo, tú no tienes una esquina. Tienes un séquito. Un séquito te asiente, te ríe los chistes, te lleva el cuaderno. Una esquina te para la pelea cuando estás sangrando.
—Eso es muy duro.
—Es matemático. Andy Grove lo deja claro en Only the Paranoid Survive: el éxito de Intel no se construyó con su intuición. Se construyó con que tenía alrededor a gente que le contradecía cuando él estaba ciego. Y él les escuchaba.
—Yo no soy Grove.
—Pero podrías construir lo que él construyó. Y no lo haces. Porque cada vez que alguien te contradice, tu primera reacción no es "interesante" sino "demuéstramelo". Y "demuéstramelo" dicho cien veces al año entrena al equipo a no contradecirte. No es una pregunta. Es una amenaza disfrazada de rigor.
—¿Y qué tendría que hacer?
—Construir tu esquina. Tres personas. No más. Que te conozcan lo suficiente para ver cuándo estás ciego, que tengan autoridad real para pararte, y que tengan el coraje de hacerlo en público si hace falta. Y lo más difícil: cuando te paren, tú no les puedes castigar. Ni en ese momento ni dos semanas después en una reorganización. Porque si lo haces una vez, la esquina deja de funcionar para siempre.
—¿Y si la decisión es importante y la paran mal?
—Manolo, los líderes mediocres creen que la mejor decisión es la que ellos creen. Los buenos saben que la mejor decisión es la que sobrevive al contraste. Si tu decisión sobrevive al "no" de tu esquina, es sólida. Si no sobrevive, es que tenías razón en escuchar.
—Pero la cara que aparece en la prensa cuando algo sale mal es la mía.
—Esa frase, Manolo, es la que delata por qué no tienes esquina. Te has convencido de que decidir solo es proteger a la empresa. Y es lo contrario. Es exponerla a tu ceguera.
—Pero su hermano le paró.
—Exacto. Y por eso Ilia mañana puede volver al gimnasio. Si su hermano no le hubiera parado, mañana podría no caminar. La diferencia entre la derrota y la lesión irreversible es que alguien tiene el valor de decir basta cuando tú ya no puedes oírlo. ¿Quién, Manolo, tiene ese valor en tu equipo?
Silencio largo.
—Igual nadie.
—Pues ese es tu problema más grande. Y ningún Excel te lo señala. Porque la falta de esquina no aparece en los dashboards. Aparece en la sala de urgencias.
Se levanta más despacio que de costumbre.
—Voy a pensarlo.
—Piénsalo así, Manolo. Ayer Ilia perdió un combate. Mañana volverá a entrenar, intacto, listo para el siguiente. Porque su esquina supo verlo cuando él ya no podía. ¿Cuál es tu esquina? ¿La tienes? ¿La quieres? ¿La aguantas? Esas son las tres preguntas que separan a los campeones de los que se rompen un día y ya no vuelven al ring.
Se va.
Y yo sé que mañana en el comité dirá "necesitamos contraste". Lo dirá serio. Y dentro de tres semanas, la primera vez que alguien le contradiga, va a torcer el gesto. La segunda vez, va a callar al que contradijo. La tercera, la persona con coraje dejará de hacerlo. Para siempre. Y Manolo creerá que ahora hay armonía.
No habrá armonía. Habrá silencio. Que es lo opuesto.
Y entonces, un día, Manolo subirá al ring con un ojo cerrado. Y nadie le tirará la toalla. Porque ya no queda nadie con esa autoridad. Porque la espantó él.
Y a diferencia de Ilia, a Manolo nadie le va a salvar la cara. Ni la carrera.
Gracias por leerme.
Aprovecho para desearos que tengáis salud, amor y familia.
El resto, no importa tanto… creedme.
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