Lunes. 09:00. Manolo entra con la bufanda de España todavía puesta. Eufórico. Como media España después de anoche.
—¡Jose! ¡Campeones del mundo! ¿Viste el gol de Ferran en la prórroga?
—De locura, Manolo. Enorme.
—Un fenómeno. Oye, ¿y sabes qué dijo después? Que el gol no era suyo. Que era "de 47 millones de personas". Con lo criticado que estuvo todo el Mundial, mete el gol que da la copa, y dice que no es suyo. Qué cosa más rara, ¿no?
—¿Rara?
—Hombre, yo si meto ese gol, salgo a hombros y que se entere todo el mundo. No lo regalo.
Y ahí está. La frase que explica, en una línea, por qué Manolo dirige un equipo y no un equipo campeón del mundo.
—Manolo, siéntate. Porque lo que a ti te ha parecido raro es exactamente lo que separa a los equipos que ganan de los que solo juegan.
Manolo se sienta, sin quitarse la bufanda.
—Ferran pasó un Mundial entero criticado. Que si sobraba, que si no marcaba. Y en la final mete el gol que le da a España la segunda copa de su historia. El momento más importante de su carrera. Y en vez de decir "yo, yo, yo", dice que el gol es de todos.
—Ya, pero eso es marketing. Queda bien.
—No es marketing, Manolo. Es entender cómo funciona ganar. Ese gol no existe sin las cuarenta jugadas que no salen en la repetición. Sin el que asistió. Sin el central que aguantó el 0-0 durante 106 minutos. Sin el portero que no encajó en todo el campeonato. El gol lo metió Ferran. Pero lo construyeron todos. Y él lo sabe. Por eso lo regala. Porque sabe que no era suyo para quedárselo.
—Bueno, pero alguien lo mete. Y fue él.
—Claro. Igual que en tu empresa alguien firma el proyecto, alguien presenta en el comité. Y ese alguien casi siempre eres tú. La diferencia es lo que haces en ese momento. Ferran, en la gloria, señaló al equipo. Tú, en la gloria, señalas al espejo.
—Eso no es verdad.
—Manolo, el proyecto del cliente grande, el que salió redondo. ¿Qué dijiste en el comité?
Pausa.
—Que había sido un gran trabajo.
—Dijiste "he conseguido sacar esto adelante". He. Yo. Y ese proyecto lo levantaron nueve personas durante cuatro meses mientras tú estabas en reuniones de otra cosa. Metiste el último toque, el de presentarlo. Y te atribuiste el gol entero. Los otros cuarenta pases, los borraste.
—Es que yo era el responsable.
—Y Rodri era el capitán. Y levantó la copa señalando a los de atrás. Al fisio. Al cuarto portero. Porque los capitanes que ganan de verdad saben que el "yo" que gana solo es un "yo" que pierde el año siguiente, cuando los que le sostenían dejan de hacerlo porque nunca les dio las gracias.
Jim Collins lo documentó en Good to Great estudiando a los mejores líderes empresariales del mundo. Los llamó líderes de Nivel 5, y todos compartían el mismo reflejo: cuando las cosas salían bien, miraban por la ventana y atribuían el éxito a su gente; cuando salían mal, miraban al espejo y asumían la culpa. Los mediocres hacían justo lo contrario. El éxito, mío; el fracaso, del equipo. Tú, Manolo, llevas veinte años mirando por la ventana para buscar culpables y al espejo para buscar méritos. Del revés.
Silencio largo. Manolo, por fin, se quita la bufanda.
—Entonces Ferran, diciendo que el gol no era suyo…
—…hizo la mejor clase de liderazgo que vas a ver este año. Gratis. En horario de máxima audiencia. Un chaval de veintitrés años, criticado durante un mes, mete el gol de su vida y lo primero que hace es regalarlo. Ha entendido a los veintitrés lo que tú no has entendido a los cincuenta: que los goles se meten solos, pero se construyen en equipo. Y que quien se queda el gol, tarde o temprano, se queda sin equipo.
—Eso ha dolido.
—La verdad a veces duele. Pero mira el lado bueno: anoche España te dio, además de una copa, el mejor manual de management que existe. Con final feliz.
Manolo coge la bufanda. Se levanta. Antes de salir, se gira.
—Jose. El proyecto del cliente grande. El que dije que saqué yo. ¿Estoy a tiempo de mandar un correo al equipo reconociéndolo?
—Para dar las gracias nunca es tarde, Manolo. Solo tiene una regla: que sea de verdad. Que no sea para quedar bien. Que sea porque has entendido que ese gol nunca fue tuyo.
—Creo que lo he entendido.
—Pues entonces estás a tiempo.
Se va. Con la bufanda de campeón del mundo en la mano. Y, por primera vez en mucho tiempo, con algo parecido a una lección aprendida.
Y yo me quedo pensando que hizo falta que España ganara un Mundial, y que un chaval regalara el gol de su vida, para que Manolo entendiera lo que llevo años diciéndole en este despacho.
A veces la lección no está en un libro de management.
Está en un chaval de veintitrés años que, en el mejor momento de su carrera, mira a la cámara y dice que el mérito es de otros.
Cuarenta y siete millones de otros. Ninguno de ellos, él.
Eso, Manolo, es un campeón. Lo demás es quedarse la bufanda...
Gracias por leerme.
Todos conocemos a un Manolo. A veces somos un Manolo. Cada martes uno nuevo. Suscríbete para no perdértelo.
