Lunes. 07:12. Me suena el móvil. Email de Manolo.
Asunto: "Reflexión estratégica — LEER CON CALMA".
Son 847 palabras. Con bullet points. Con un gráfico pegado de Excel que se ve pixelado. Y una frase final en negrita que dice "quedo a vuestra disposición para comentar".
Nadie se lo ha pedido. Nadie lo va a leer. Nadie va a comentar. Pero Manolo ya ha hecho su trabajo del día. A las siete de la mañana. En calzoncillos.
A las 09:00 entra en mi despacho.
—¿Has visto mi email?
—Manolo, eran las siete de la mañana.
—Sí, me desperté con la idea y no quería que se me fuera.
—Para eso existe la app de Notas del móvil.
—Pero necesitaba que lo vierais.
—Necesitabas que SUPIÉRAMOS que estabas despierto a las siete pensando en la empresa. Que no es lo mismo.
Silencio.
—Manolo, ¿sabes cuántos emails mandas a la semana?
—No sé. ¿Veinte?
—Sesenta y tres. Los he contado. Sesenta y tres emails. De los cuales cuarenta y dos son respuestas a hilos donde no te han preguntado, catorce son documentos que nadie ha pedido, y siete son "¿habéis visto mi email anterior?".
—Es que la gente no responde.
—Porque no tienen nada que responder, Manolo. No todo pensamiento merece un email. A veces una idea se puede quedar en tu cabeza, madurar tranquilamente, y morir ahí en paz sin molestar a nadie. Como la mayoría de ideas. Como la mayoría de emails.
—Pero yo aporto contexto.
—No. Tú aportas ruido. Y el ruido tiene un coste que nadie mide: cada email tuyo interrumpe a alguien que estaba haciendo algo útil, le obliga a abrirlo porque pone "LEER CON CALMA" en mayúsculas —que es la forma más eficaz de garantizar que nadie lo lea con calma—, descubre que no requiere acción, y vuelve a lo que estaba haciendo habiendo perdido diez minutos y la concentración.
Cal Newport lo llama en A World Without Email el "coste de cambio de contexto": cada interrupción tarda una media de 23 minutos en recuperarse. Tus 63 emails semanales son 63 interrupciones. Eso son 24 horas de concentración destruidas. A la semana. Felicidades, Manolo: eres un arma de destrucción masiva de productividad con firma automática y disclaimer legal.
—Jose, eso es exagerado.
—¿Exagerado? Manolo, tu último email con copia a ocho personas era para decir "de acuerdo". Dos palabras. Ocho notificaciones. Dieciséis minutos de humanidad perdidos para siempre para comunicar que estabas de acuerdo con algo que ya se había decidido sin ti.
—Es que quería que constara.
—¿Que constara dónde? ¿En el tribunal de La Haya? Manolo, un "de acuerdo" con copia a ocho personas no es comunicación. Es marcar territorio. Es el equivalente digital de un perro meando en una farola: no aporta nada, pero todo el mundo sabe que has pasado por ahí.
—Jose, ¿entonces no mando emails?
—Manda los que alguien necesita recibir. Si el destinatario no necesita hacer nada después de leerlo, no lo mandes. Si es solo para que sepan que existes, no lo mandes. Si es un "reflexión estratégica" de 847 palabras que has escrito en calzoncillos a las siete de la mañana porque te has despertado inspirado, hazte un favor: escríbelo en Notas, dúchate, desayuna, y reléelo a las diez. Si a las diez sigue pareciéndote buena idea, mándalo. Verás como el 80% muere en la ducha.
—Es que si no mando emails, nadie sabe en qué estoy.
—Manolo, si la única forma de demostrar que trabajas es mandar emails, el problema no es el email. Es el trabajo.
Silencio largo.
—Voy a pensarlo.
—Perfecto. Pero si me mandas un email con tu reflexión sobre el tema, te bloqueo.
Se va.
A las 17:43 me llega un email. Asunto: "Re: Reflexión estratégica — ACTUALIZACIÓN". Son 612 palabras. Con un gráfico nuevo. Y una nota que dice "he simplificado el anterior".
Porque Manolo no comunica. Manolo emite. Como una antena. Sin parar. Sin filtro. Sin preguntarse si al otro lado alguien quiere recibir la señal.
Gracias por leerme.
P. D.: Aprovecho para recomendarte que prohíbas en tu empresa, si puedes, enviar por correo documentos generados con IA que nadie se haya leído. Una síntesis de un párrafo obliga a quien lo envía a leerlo y entenderlo y tú ganas en salud.
