Miércoles. 10:14. Comité de dirección. Sala acristalada, café mediocre, portátiles abiertos como escudos.
Marta, de operaciones, presenta una propuesta de reorganización del equipo de soporte. No es perfecta. Tiene un par de métricas flojas y una dependencia que no ha contemplado. Pero la dirección es buena, el equipo la respalda, y resuelve un problema real que llevamos arrastrando dos trimestres.
El CEO asiente. Finance no objeta. Producto ve encaje.
Y entonces habla Manolo.
—Perdona, Marta, pero el framework que estás usando mezcla conceptos. Esto no es un RACI, es un DACI mal etiquetado. Y el KPI de resolución que propones no distingue entre first response y full resolution. Son cosas distintas.
Silencio. De los que huelen a funeral.
Marta parpadea. No porque Manolo esté equivocado —técnicamente tiene razón—, sino porque acaba de parar una propuesta que iba a aprobarse para dar una clase magistral que nadie le había pedido. Como el tío que interrumpe un brindis de boda para corregir la pronunciación del vino.
El CEO mira el reloj. Finance cierra el portátil. La propuesta de Marta se aplaza "para revisión".
Manolo sale del comité satisfecho. Ha demostrado que sabe. Ha puesto rigor donde había ambigüedad.
Le espero en el pasillo.
—Manolo, ven un momento.
—¿Has visto? Menos mal que estaba yo. Eso iba a aprobarse con los conceptos cruzados.
—Sí, Manolo. Y ahora no se va a aprobar nada. Marta va a tardar dos semanas en rehacer algo que funcionaba. El equipo de soporte sigue sin reorganizarse. Y tú has conseguido exactamente… ¿qué?
—Que se haga bien.
—No. Que no se haga.
Se queda callado. Pero no convencido. Manolo callado y no convencido es como un volcán en pausa: sabes que va a volver.
—Manolo, ¿sabes lo que es el capital político?
—Suena a burocracia.
—Es lo contrario. Es la cantidad finita de credibilidad, influencia y atención que tienes en una organización. Cada vez que abres la boca en un comité, gastas un poco. Se regenera despacio —con resultados, con aciertos, con confianza— y se quema rápido. Muy rápido.
—Yo tengo credibilidad de sobra.
—Tenías. Hoy has quemado un billete de cincuenta para encender un cigarro.
No le gusta la metáfora. Bien.
Jeffrey Pfeffer lleva décadas enseñando esto en Stanford y lo recoge en Power: el poder organizacional no es algo que se tiene, es algo que se gestiona. Cada intervención tiene un coste y un retorno. Los que lo entienden eligen sus batallas. Los que no, mueren de mil correcciones pequeñas que nadie recuerda.
—Pero si Marta lo tenía mal…
—Marta lo tenía suficientemente bien. Y "suficientemente bien" aprobado vale infinitamente más que "perfecto" aplazado. Eso lo dijo Voltaire, que no era precisamente de producto, pero ya avisó: lo perfecto es enemigo de lo bueno.
—Entonces, ¿no corrijo nunca?
—Corriges cuando cambia una decisión. No cuando solo demuestra que sabes más.
La regla es simple, Manolo. Antes de abrir la boca en un comité, pregúntate: ¿esto cambia el resultado o solo cambia lo que los demás piensan de mí? Si es lo segundo, es gasto puro. Bob Sutton, también de Stanford, lo destila en The No Asshole Rule sin llamarlo así: la corrección pública que no cambia nada solo cambia cómo te ven. Y no para mejor.
—Pero es que si no lo digo yo, nadie lo dice.
—Porque nadie necesita que se diga, Manolo. Esa es la parte que no ves. No toda imprecisión merece una corrección pública. A veces el silencio es la jugada más inteligente que puedes hacer en una sala.
—Jose, yo solo quiero que las cosas se hagan bien.
—Lo sé. Pero hay una diferencia entre poner un dato verificado donde había una intuición —eso genera capital— y corregir una nomenclatura que a nadie le importa —eso lo quema—. El primero te hace imprescindible. El segundo te hace insoportable. Y la línea entre los dos es más fina de lo que crees.
Silencio largo.
—¿Y Marta?
—Marta ahora tiene un problema que no tenía antes de entrar en la sala. Y tú tienes una factura de capital político que no puedes devolver.
Se va. Despacio. Sin cuaderno. Sin bolígrafo caro.
Y yo me quedo pensando que Manolo probablemente llegará al próximo comité, verá otra imprecisión, y volverá a corregirla.
Porque el capital político es como la salud: solo te das cuenta de que existía cuando ya no te queda.
Gracias por leerme
