Martes. 09:12. La puerta de mi despacho se abre con la delicadeza de un auditor en cierre trimestral. Manolo entra despacio, como quien trae malas noticias envueltas en método.
Cuaderno nuevo. Bolígrafo caro. ¡¡¡Y con traje!!!
Mirada de “este mes sí que arreglamos esto”.
—Jose —dice sin sentarse—, ya lo tengo. Vamos a profesionalizar la evaluación del equipo técnico.
—¿Qué has roto ahora?
—Nada, nada. Esto es bueno. KPIs para todos.
Ahí está. El veneno lento.
—KPIs de qué.
—De productividad. De impacto. De foco.
Horas estimadas vs horas reales, tickets cerrados, velocidad por sprint, incidencias reabiertas, commits, participación en reuniones…
Hace una pausa. Sonríe. Está orgulloso. Como si acabara de descubrir el fuego… en Excel.
—Así por fin sabremos quién rinde y quién no.
Respiro. Largo. Porque si no, igual le tiro el café encima a propósito.
—Manolo… ¿sabes qué pasa cuando conviertes el trabajo intelectual en un KPI ?
—Que mejora.
—No. Que se deforma.
Silencio. Ese silencio incómodo en el que Manolo empieza a sospechar que igual no es el genio incomprendido que cree ser.
—Mira —continúa—, esto no es micromanagement. Es seguimiento. Transparencia. Accountability.
Accountability. La palabra favorita de los que no saben medir valor, pero saben medir movimiento.
—Manolo —le digo—, un ingeniero senior no optimiza para entregar valor. Optimiza para no salir mal en tu Excel.
—Eso es una suposición tuya.
—No. Es Goodhart.
Me mira raro.
—“Cuando una métrica se convierte en un objetivo, deja de ser una buena métrica.”
—Eso es economía, Jose.
—Y tú estás gestionando personas como si fueran la inflación.
Le explico despacio, porque Manolo necesita tiempo para que las ideas le atraviesen la coraza:
Si mides commits, habrá commits inútiles. Si mides tickets cerrados, habrá tickets pequeños y mediocres. Si mides velocidad, nadie asumirá riesgos. Si mides ausencia de errores, nadie innovará.
—Pero necesito visibilidad.
—No, Manolo. Necesitas confianza. Y eso no sale en un dashboard.
Se revuelve en la silla.
—Es que luego pasan cosas.
—Claro que pasan. Porque hacer producto es decidir sin certeza.
—Pero yo tengo que saber quién falla.
—¿Y si el que “falla” es el que está evitando que hagamos una cagada histórica?
Eso le molesta. Mucho.
—Jose, en las grandes corporaciones esto funciona.
—Sí, Manolo. Funciona para optimizar mediocridad a escala, pero aquí tenemos gente que huyeron de la prisión de la indiferencia para sobrevivir como soldados de fortuna y....
No son el equipo A.
Le cuento lo que ya explicó Daniel Pink en Drive: la motivación en trabajos complejos depende de autonomía, maestría y propósito. Los KPIs mal puestos destruyen las tres.
Aun asi , los KPIs bien puestos pueden ser neutrales o incluso compatibles con el modelo de Pink, pero esto es muy poco probable que pase, porque los KPIs que le pasan a Manolo por la cabeza, no son esos.
Le recuerdo a Ed Catmull, el de Creativity Inc: cuando la gente empieza a trabajar para la evaluación, deja de trabajar para el resultado.
Es muy importante preservar espacios de confianza para la gente que crea.
Y a Andy Grove (High Output Management) yo lo entendí como que si necesitas vigilar constantemente, el problema no es el trabajador, es el sistema… o el jefe.
—Entonces ¿no medimos nada?
—Medimos, Manolo. Pero no para castigar, sino para aprender.
—¿Y cómo sé si el equipo va bien?
—Mira el producto, mira métricas de proceso, pero ojo, eso es el COMO, no midas outputs.
Si mides el CUANTO, ya vamos mal. Parte de las personas más inteligentes de tu empresa harán gaming de los KPIs, sin dudarlo.
—Eso es muy abstracto.
—No. Abstracto es tu Excel.
Le explico la diferencia que nunca quiere oír:
Negocio puede y debe tener KPIs. Producto y tecnología no trabajan para el KPI, trabajan para reducir incertidumbre y crear opciones.
Cuando todo lo conviertes en números mensuales, empujas a la gente a parecer productiva, no a ser útil.
—Pero necesito justificar decisiones.
—Entonces contrata robots.
—¿Cómo?
—Ah, no. Espera. Si sigues así, se irán solos, los desconectará directamente Elonsito...
Se queda callado. Mira el cuaderno. Lo cierra despacio.
—Jose… yo solo quiero sacar lo mejor del equipo.
—Pues deja de medirlos como si fueran una línea de producción.
Último silencio.
—¿Entonces qué hago?
—Define objetivos claros. Da contexto. Elimina bloqueos. Mira resultados a medio plazo. Y acepta algo que te va a doler: no todo lo valioso es medible cada mes.
Se levanta.
—Voy a pensarlo.
—Perfecto, Manolo. Pero piensa esto: el talento no huye del trabajo duro. Huye de sentirse vigilado por alguien que no entiende su trabajo.
Cierra la puerta.
Y por primera vez en mucho tiempo…siento que Manolo se ha ido poco convencido...
Gracias por leerme.
Aprovecho para desearos que tengáis salud, amor y familia.
El resto, no importa tanto... creedme.
