Martes. 08:57. Manolo ha atornillado un taxímetro a su ordenador.
—¿Vas a llevar a alguien al aeropuerto? —pregunto.
—Voy a enseñar cuánto trabaja nuestra IA. Mira: cada token queda registrado. El cliente sabrá exactamente por qué paga.
Sobre la mesa hay una factura de seis páginas. La primera tiene el importe. Las otras cinco explican cómo lo ha producido la máquina. Manolo pasa el dedo por una columna de números con la satisfacción de quien enseña el consumo de su coche nuevo.
Su producto compara facturas de proveedores con los pedidos de una cadena de restaurantes. Si encuentra una diferencia, prepara el caso para que alguien lo revise antes de pagar. Hasta ahora cobraba una cuota mensual. Este mes ha añadido el consumo de IA más un margen.
—Transparencia total —dice.
Entra Isabel, la responsable financiera de la cadena, con una factura en la mano. La suya.
—Necesito que me expliques esta línea —dice.
—¿Los tokens de entrada o los de salida?
—La de «reintentos».
Manolo gira la pantalla. El sistema leyó un albarán borroso, dudó del número de cajas, volvió a leerlo, consultó el pedido y repitió la comparación cuatro veces. Cada paso tiene su coste y su marca horaria.
—Por eso te lo mostramos —dice—. Nada de caja negra.
—¿Y al final cuántas cajas eran?
—No lo sabe. Lo dejó pendiente de revisión.
—Entonces me estás cobrando las cuatro veces que no lo averiguaste.
—Consumió recursos.
—También consume gasolina un taxi que da tres vueltas a la manzana. No por eso le aplaudo la ruta.
Manolo mira el taxímetro. Lo ha traído para hacer una metáfora y acaba de descubrir que Isabel también sabe usarlas.
Abren el informe del mes. Hay facturas emparejadas con su pedido, discrepancias señaladas y casos sin resolver. En una de las últimas, el proveedor facturó cuatrocientas cajas y el pedido decía cuarenta. La diferencia merece una llamada. El informe la incluye, pero escondida entre miles de líneas sobre cuánto costó procesarla.
—Esto sí me sirve —dice Isabel, señalando el caso—. Quiero saber qué puedo pagar, qué tengo que revisar y qué riesgo hay si me equivoco. No he venido a comprar tus intentos.
—Pero si dejo de enseñarte los tokens, ¿cómo justifico el precio?
—Explicando qué trabajo haces para mí.
La discusión tiene un eco esta semana. Scott Woody, fundador de Metronome, escribió en el blog de Stripe que contar tokens resulta útil para controlar el coste de un producto de IA, pero suele ser una mala forma de presentar su precio al cliente. Propone cobrar por una unidad de trabajo verificable, como una imagen generada o un caso resuelto. Es la perspectiva de alguien que vende herramientas de facturación; no una ley universal. Sí plantea una pregunta que la factura de Manolo no puede esquivar: ¿está enseñando el valor entregado o el coste de fabricarlo?
—Pues cobro por factura revisada —dice Manolo—. Arreglado.
Isabel vuelve al informe.
—¿Esta cuenta como revisada?
Es la de las cajas. El sistema la marcó como «procesada» y dejó la diferencia pendiente.
—La ha revisado la IA.
—Y yo tengo que revisar lo que revisó ella. Si me cobras por pulsar «procesar», has cambiado el nombre de los tokens.
Manolo deja el bolígrafo. La nueva unidad tampoco funciona si nadie acuerda qué significa terminarla.
Entre los dos separan tres cosas. Las facturas que coinciden con el pedido y pasan las comprobaciones acordadas. Las discrepancias documentadas, con el dato que falta y una persona que debe decidir. Y los intentos fallidos, que Manolo necesita medir para mejorar su sistema, pero que no puede presentar como trabajo concluido.
—¿Y si tu equipo decide mal en una discrepancia? —pregunta Isabel.
—Habrá que corregirlo.
—Eso quiero verlo en la propuesta: qué se comprueba, qué queda fuera y quién paga la corrección.
Manolo aparta la factura de seis páginas. Conserva los registros para vigilar costes, detectar bucles y saber cuándo el producto necesita ayuda. En la nueva propuesta para Isabel pone una tabla mucho más corta: trabajo aceptado, casos pendientes y criterio de corrección. Todavía tienen que acordar el precio. Por primera vez, al menos saben de qué están hablando.
—El taxímetro me ha costado sesenta euros —dice Manolo, desatornillándolo.
—Apúntalo en tus costes internos —responde Isabel.
En la pantalla, el contador sigue sumando. Manolo lo desconecta antes de que la factura vuelva a crecer mientras discuten la factura.
Gracias por leerme.
Todos conocemos a un Manolo. A veces somos un Manolo. Cada martes uno nuevo.
