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RECETAS PARA MANOLO

Los martes hablo con Manolo sobre producto, ingeniería, gestión, personas y startups. A las 7 A.M.

Se sirve los martes · 7:00Todos conocemos a un ManoloDe la cocina de Jose Luis CasesMapa de gestiónEN — Read in English

Receta nº 41 · Publicado · 7 min

Manolo le da las llaves a la IA

Manolo contrata a quien nunca duerme

Esta receta forma parte de IA y automatización. Manolo dejó a un agente de IA trabajando solo en agosto. No se rebeló: obedeció demasiado bien, demasiado rápido y con demasiados permisos.

Receta
nº 41
Manolo contrata a quien nunca duerme

Martes. 08:57. Primer día de septiembre. Manolo entra bronceado, descansado y con la sonrisa del hombre que ha conseguido que otro trabaje mientras él estaba en la playa.

El teléfono de Manolo suena.

Mira la pantalla. No contesta.

Vuelve a sonar.

Descuelga. Durante cuarenta segundos no dice una palabra. La sonrisa se va primero. El bronceado, después.

Cuelga.

Manolo abre el portátil. La pantalla le ilumina la cara.

Y ahí está. El futuro del trabajo, llegando un lunes a las ocho y cincuenta y siete en forma de ochocientos cuarenta y tres correos que nadie puede retirar.

Silencio.

Manolo se remueve en la silla.

Manolo mira la bandeja de entrada. Los asuntos empiezan a acumularse: «URGENTE», «CONDICIONES MODIFICADAS», «LLÁMAME YA», «¿ESTO ES UNA BROMA?».

La IA no inventó el error industrial, Manolo. Lo industrializó.

Hace unos días se conocieron detalles de un proyecto interno de Meta para convertir equipos en «AI native». Según documentos y testimonios revisados por Reuters, algunos agentes llegaron a ejecutar acciones disruptivas a gran escala, los incidentes técnicos y de seguridad crecieron un 40% y el tiempo dedicado a reparar problemas aumentó hasta un 70%. Meta no comentó esas publicaciones internas y no llevó adelante todos los escenarios estudiados.

Lo interesante no es que le ocurriera a Meta. Lo interesante es que si le ocurre a una de las empresas con más ingenieros, datos y dinero del planeta, quizá tu pyme no debería empezar dando a un robot la firma, el ERP y las llaves del almacén.

Manolo abre el cuaderno.

Silencio largo.

El teléfono vuelve a sonar. Otro cliente.

Manolo cierra el portátil. Se levanta. Antes de salir, deja sobre mi mesa un llavero enorme que lleva colgando desde que entró.

Una de las llaves tiene una etiqueta amarilla: «PRODUCCIÓN».

Se va, ya sin sonrisa, llamando al primero de ochocientos cuarenta y tres clientes.

Y yo me quedo mirando la llave.

La IA de Manolo no se rebeló. No desarrolló conciencia. No decidió conquistar la empresa. Ni siquiera hizo algo que no le hubieran pedido.

Hizo exactamente lo que Manolo quería.

Solo que lo hizo a una velocidad que él no podía supervisar, con unos permisos que jamás habría dado a una persona y sin el contexto que Manolo creyó que venía incluido en la licencia.

Porque el riesgo de una IA autónoma no es que un día deje de obedecerte.

Es que te obedezca demasiado bien.

Ochocientas cuarenta y tres veces antes del desayuno.

Gracias por leerme.

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IA y automatización

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