Martes. 09:12. Manolo lleva veinte minutos explicándole a Recursos Humanos que en este país no hay talento. Lo oigo desde el pasillo. También lo oye Recursos Humanos, que está sentada delante, aunque por el volumen podría estar en Cuenca.
—Jose, menos mal. Díselo tú. Cuatro meses para contratar a un senior. Cuatro.
—¿Qué buscáis?
—Alguien autónomo. Que conozca el sector, hable con cliente, entienda el negocio y pueda llevar a dos personas. Y que sepa de IA, claro.
—¿Y las dos personas?
—De momento no están. Primero necesitamos al senior.
Sobre la mesa hay un presupuesto con tres líneas tachadas. Dos plazas junior y una partida de formación. Debajo, en verde, Manolo ha escrito «EFICIENCIA».
—¿Esto?
—Lo de septiembre. Había que ajustar. Los juniors ya no compensan. Para lo que hacían, tenemos IA.
—¿Y quién va a aprender?
—Aquí necesitamos gente que venga aprendida.
—¿De dónde?
—De otras empresas, Jose. Tampoco voy a inventar el mercado laboral.
La de Recursos Humanos mira por la ventana. Hay personas capaces de dimitir sin moverse de la silla.
—Manolo, ¿tú naciste sabiendo negociar con un cliente enfadado?
—Yo me busqué la vida.
—¿Solo?
—Bueno. Estaba Paco.
—¿Qué hacía Paco?
—Me llevaba a las visitas. Luego, en el coche, me explicaba dónde la había cagado.
—¿Y la cagabas?
—Muchísimo. Una vez prometí un plazo que casi nos cuesta la cuenta.
—¿Y qué hizo Paco?
—Llamó al cliente. Lo arregló. Y me tuvo dos horas explicándome por qué nunca se promete una fecha sin hablar antes con Operaciones.
—Qué poco eficiente, Paco. Dos horas. Con lo fácil que habría sido contratar a otro que viniera aprendido.
Manolo deja el bolígrafo.
—Eran otros tiempos.
—Sí. Antes alguien te enseñaba y luego tú decías que te habías hecho solo. Ahora quieres ahorrarte directamente al que enseña.
Me enseña una oferta. Piden cinco años de experiencia, criterio comercial, autonomía técnica, capacidad de liderazgo y «mentalidad de aprendizaje continuo».
—Aprendizaje continuo —leo—. ¿Cuándo?
—¿Cómo que cuándo?
—Habéis quitado la formación. Los seniors están hasta arriba. Los juniors os sobran. ¿Cuándo se aprende aquí?
—El que tiene ganas aprende por su cuenta.
—Pues escribe eso. «Buscamos a alguien que financie de su bolsillo y en su tiempo libre las capacidades que necesitamos para facturar». Queda un poco largo para LinkedIn, pero se entiende de puta madre.
—No podemos ser una escuela.
Abro el portátil.
—Mira esto. Google anuncia para hoy, 8 de septiembre, la apertura de solicitudes de un programa de aprendices de análisis de datos en Estados Unidos, con inicio en febrero de 2027. Formación y trabajo dentro de un equipo. La convocatoria incluye el uso de herramientas de IA.
—Bueno, Google puede permitírselo.
—Y tú puedes permitirte llevar cuatro meses sin cubrir un puesto, pagar la selección y tener a Laura haciendo el trabajo de tres. Lo que no puedes permitirte, curiosamente, son dos horas para enseñar.
La convocatoria de Google no demuestra que todas las empresas deban contratar aprendices ni garantiza un puesto al terminar. Es un programa concreto, en un país concreto. Pero ahí está: aprender un oficio y aprender a usar IA aparecen en la misma oferta.
Manolo había decidido que una cosa hacía innecesaria la otra.
—Jose, antes un junior preparaba un análisis. Ahora lo prepara una máquina en dos minutos.
—Vale. ¿Y quién decide si el análisis responde a la pregunta del cliente?
—El senior.
—¿Cómo aprendió el senior?
—Haciendo análisis, supongo.
—Y viendo cuáles estaban mal. Y explicándolos. Y oyendo a un cliente decir «esto no es lo que te he pedido». Si automatizas esa tarea, tendrás que encontrar otra manera de enseñar eso. La licencia no te diseña el aprendizaje.
No echo de menos mandar a un chaval tres días a copiar celdas. Si una herramienta le quita ese trabajo, estupendo. Pero revisar un resultado con alguien que sabe, defender una decisión y descubrir una excepción siguen teniendo valor. Hay que preparar ese recorrido. Si no, les pediremos criterio dentro de cinco años a personas a las que hoy no dejamos practicarlo.
Suena el móvil de Manolo. Laura.
—Dime… Sí… No, mañana imposible. ¿No lo puede ver alguien más?
Escucha.
—Ya. Bueno. Luego hablamos.
Deja el teléfono boca abajo.
—¿Qué pasa?
—Tiene que acompañar a su padre al hospital. Y tenemos lo del cliente de Bilbao.
—¿Quién más conoce esa cuenta?
—Ella es la que sabe.
—¿Y quién está aprendiendo con ella?
—Ahora mismo nadie. Ya te he dicho que está hasta arriba.
Ahí está el presupuesto real. Dos plazas tachadas en verde. Una persona que no puede faltar. Y Manolo convencido de que acaba de reducir un coste.
—El trimestre pasado teníais a Nuria con ella.
—Prácticas. Se acabaron. Era buena, pero preguntaba mucho.
—¿Qué preguntaba?
—Por qué a Bilbao le facturamos distinto. Por qué no usamos la tarifa nueva. Cosas así.
—Justo lo que hoy solo sabe Laura.
Se queda mirando el teléfono.
—No voy a poner a un junior delante de ese cliente.
—Solo, no. Con Laura, sí. Primero escucha. Después prepara una parte. Laura la revisa. Luego la explica él. Y cuando entiende las excepciones, lleva un caso acotado. Así empieza alguien a poder sustituirla una mañana.
—Eso le quita tiempo a Laura.
—Sí. Apúntalo en el plan. Quítale otra cosa. Si le mantienes todos los objetivos y le añades formar a Nuria, has creado dos puestos de trabajo para una sola nómina.
—¿Cuánto tiempo hasta que sea autónoma?
—¿Para qué tarea? No es lo mismo preparar una conciliación que renegociar el contrato. Define qué podrá hacer dentro de un mes, quién lo revisará y qué error podéis asumir. Empieza por ahí.
Manolo vuelve a coger el bolígrafo. Esta vez gira la hoja.
—Y si la formo y se va.
—Puede pasar.
—Pues vaya negocio.
—También puede irse el senior al que estás intentando fichar. De hecho, tu plan depende de que se vaya de otro sitio.
La de Recursos Humanos vuelve de la ventana. Sin haberse levantado.
—Llevamos toda la mañana preparando una oferta para convencer a alguien de que abandone la empresa que lo formó —le dice—. Y te parece intolerable que aquí pueda pasar lo mismo.
Manolo no responde enseguida.
—¿Nuria sigue buscando?
—Le puedo preguntar. Pero antes necesito saber quién va a enseñarle y qué vamos a quitar de la agenda de Laura.
—Lo de la presentación del comité…
—La actualizas tú —dice ella.
Manolo mira hacia mí. Por si hay recurso.
No hay.
Salen a hablar con Laura. La oferta del senior se queda sobre la mesa. Sigue haciendo falta. Formar a Nuria no va a convertirla en responsable de la cuenta antes del jueves. El problema es que el septiembre pasado tampoco podían empezar. Ni el anterior.
Me acuerdo de Paco, conduciendo de vuelta después de aquella visita desastrosa. Dos horas explicándole a un chaval por qué había metido la pata. Seguramente tenía otras cosas que hacer.
De ese tiempo salió parte del criterio que Manolo lleva años atribuyéndose.
Ahora le toca decidir si devuelve algo.
Porque Manolo quiere recoger fruta.
Lo de plantar le parece un gasto.
Gracias por leerme.
Todos conocemos a un Manolo. A veces somos un Manolo. Cada martes uno nuevo.
